AUTOESTIMA

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El concepto de autoestima se refiere a la valoración que la persona tiene hacia ella misma y está determinada por la imagen que se ha construido; se basa en la capacidad de quererse y apreciarse. Lo que piensa y siente sobre sí misma, el grado de satisfacción que tiene con su propio ser.

El concepto de sí mismo se va formando gradualmente a través del tiempo y de las experiencias vividas por el sujeto. La valoración que una persona tiene de sí está determinada por las opiniones, estima y valoración de las personas socialmente relevantes y su historia personal de éxitos y fracasos.

Cuando definimos el nivel de autoestima de una persona, analizamos diferentes dimensiones de ésta, ya que una persona puede tener una buena imagen de sí misma en un aspecto determinado y baja en otro. Todas las personas nos sentimos más seguras en unos aspectos de nuestro ser que en otros y si se equilibran, la imagen queda a salvo. El saber en qué aspectos una persona se siente más insegura sirve para focalizar la intervención.

DIMENSIONES DE LA AUTOESTIMA

Dimensión física: se refiere a la valoración del propio cuerpo desde el atractivo y la belleza.
Dimensión social: tiene que ver con sentir aceptación o rechazo por los iguales, sentirse parte del grupo, tomar la iniciativa en las relaciones, saber solucionar conflictos y en general relacionarse con otras personas del propio sexo u opuesto.
Dimensión afectiva: se refiere a la autopercepción de las características de personalidad, como conecta con sus emociones y regula sus impulsos, adecuándose a las relaciones sociales.
Dimensión académica: alude a la percepción de su capacidad para enfrentar con éxito las situaciones de aprendizaje, sentirse inteligente, creativo y constante.
Dimensión ética: tiene que ver con la imagen que tiene la persona sobre los valores y normas que rigen su vida; si estos no coinciden con los de su grupo de referencia es posible que tenga mala imagen sobre su moralidad y que le provoque vergüenza y culpa.

FORMAS DE EXPRESIÓN DE LA AUTOESTIMA POSITIVA

Actitud de confianza y seguridad. Capacidad de autocontrol. Autorregulación de los impulsos. Integración entre lo que siente, piensa y hace. Flexibilidad. Aceptación de los demás. Autonomía personal. Toma de iniciativa en el contacto social. Comunicación clara y directa. Actitud empática. Actitud de compromiso, optimista en relación con sus posibilidades. Se esfuerza y es constante. Cuando se equivoca es capaz de reconocerlo. Su actitud es creativa.

FORMAS DE EXPRESIÓN DE LA BAJA AUTOESTIMA

Actitud excesivamente quejumbrosa y crítica. Necesidad compulsiva de llamar la atención. Necesidad imperiosa de ganar. Actitud inhibida y poco sociable. Temor excesivo a equivocarse. Actitud insegura. Ánimo triste. Actitud perfeccionista. Actitud desafiante y agresiva. Actitud derrotista. Necesidad compulsiva de aprobación. Sentimiento de que los demás no le valoran. Fácilmente influenciable. Sentimiento de frustración e impotencia. Actitud defensiva.

APOYO-FRUSTRACIÓN

El concepto de autoestima está muy ligado al contexto social; en una sociedad tan narcisista como la nuestra, en la cual todos creemos poder alcanzar las metas que nos propongamos, es fácil que nos sintamos decepcionados al ver que no se cumplen las expectativas que tenemos para nosotros mismos. Así, si los parámetros de referencia son muy altos podemos sentir frustración al ver que no se cumplen.

La polaridad apoyo – frustración, representa el territorio en que debemos movernos para construir una autoestima ajustada.

Para comenzar, sería bueno no crear ni poner tantas expectativas en los niños y niñas para que no se decepcionen ni sientan que decepcionan a sus adultos.

Cuando el apoyo es extremo se produce una sobreprotección que impide desarrollar recursos para valerse por uno mismo (podemos construir una alta pero falsa autoestima que puede quedar desgarrada al enfrentarse a la realidad).

Así según el niño y la niña van creciendo es preciso dejarles que vayan desarrollando sus propios recursos, que se enfrenten a los límites y aprendan a tolerar la frustración; cuando los adultos establecen límites desde el cuidado y el amor se favorece la construcción una buena imagen de una misma asentada sobre la realidad.

SOCIALIZACIÓN DE MINORÍAS SEXUALES Y AUTOESTIMA

Si nos fijamos en cómo ha sido este apoyo en las personas homosexuales nos damos cuenta que normalmente es escaso en cuando a su orientación o identidad afectivo-sexual. Es verdad que la niña o el niño ha podido ser querido, atendida y valorado en varias dimensiones de su personalidad, pero no en lo referente a este aspecto fundamental de su identidad.

Gota a gota se va censurado y desvalorizando todo aquello que no cumple los mandatos de género que rigen nuestra cultura; el niño y la niña se da cuenta de que las cosas que hace y, lo que es más grave para su autoestima, lo que es, está mal.

Así, si un niño mariquita hace unos peinados preciosos a sus amiguitas no se le valorará como si lo hiciese una niña, más bien provocará tensión y vergüenza en su entorno y se intentará que dirija su habilidad hacia actividades de género más coherentes con su sexo; la terrible paradoja es que la personita vive sus capacidades con vergüenza y culpa.

amo a mi hijo gayUna vez más la primera intervención es socio política, revisar y cuestionar los valores en que se ha educado la persona, que es lo bueno y lo malo y porque cambia su validez según lo haga una persona u otra. Los mandatos del sistema heteropatriarcal consiguen que la persona que no se encuadre dentro del esquema no se acepte a sí misma, considerándose no válida, aceptando el lugar de exclusión e invisibilidad que el marco normativo le asigna.

Los espacios que ayudan a mejorar la imagen de una misma son aquellos en lo que encuentras amistad, confianza, aprecio, colaboración, creatividad, ayuda y compromiso. Es precioso rebelarse y afirmarse interna y/o externamente a lo establecido para poder sobrevivir con dignidad.
En el proceso de reforzar la autoestima, debemos revisar la propia imagen, muchas veces anclada en momentos de sufrimiento, de espacial aislamiento o rechazo por parte de los demás. Esa imagen precisa una revisión, tanto a nivel psicológico como físico.

Mirar la propia infancia y adolescencia desde la persona adulta con comprensión y compasión hacia mi; pensar en actividades en las cuales yo era bueno de niño, pero que como estaban mal vistas en los niños de mi sexo no las hacía; recordar esas cosas vergonzantes para poder recuperarlas, reforzarlas, reencontrarnos con habilidades abandonadas; en resumen recuperar y legitimar gustos y aficiones.

 

ESTRES DE LAS MINORIAS

Paisaje difuminado

El estrés de las minorías se refiere a la huella emocional derivada de las condiciones sociales adversas experimentadas por personas que pertenecen a un grupo social en riesgo de estigma. Al estrés de la vida cotidiana se le añade un extra como consecuencia de formar parte de una categoría minoritaria y estigmatizada. Se produce, sobre todo, en minorías que no crecen con sus iguales y que no sienten respaldo del círculo más cercano del cual se esperaría apoyo.

El estrés de la minorías sexuales nace en la infancia y tiene el agravante respecto a otras minorías estigmatizadas de no haber encontrado apoyo y consuelo en su propia familia.

Por ejemplo, si observamos un niño o niña que sufre acoso en su centro escolar por pertenecer a una etnia minoritaria, cuando llega a su casa es reconocida en su diversidad; mientras que, en muchos casos, la persona que no se ajusta a la heteronormatividad tiene que seguir ocultándose porque también es rechaza o invisibilizada en el círculo que se supone debía cuidarle y apoyarle, con lo cual la sensación de soledad y desamparo es total.

En cuanto a la exposición al ataque en las minorías sexuales podemos observar dos categorías clásicas: las personas cuya condición es obvia y no se esconden y aquellas que viven en la ocultación. Tanto las personas desacreditadas, como las que se sienten potencialmente desacreditables sufren consecuencias dañinas, aunque éstas sean diferentes. Unas sufren el ataque directo por su condición y las otras la ansiedad de la ocultación por el miedo a ser descubiertas.

La persona que ha sufrido acoso homofóbico (bullyng) en su infancia o adolescencia sufre sintomatología que se corresponde con el cuadro del trastorno por estrés postraumático.

Los síntomas típicos en las personas que sufren este trastorno son:

Recuerdos angustiosos recurrentes, involuntarios e intrusivos de los sucesos traumáticos que también pueden suceder en forma de pesadillas.
Se dan reacciones intensas ante situaciones que se asemejan a las que causaron el sufrimiento, así como una evitación fóbica de ese tipo de situaciones, personas o escenarios similares.
Otra de las características de este trastorno son las alteraciones cognitivas y del estado de ánimo. Entre las primeras están las distorsiones cognitivas (catastrofización, magnificación) y, entre las segundas, encontramos problemas emocionales (depresión y trastornos de ansiedad).
En otros casos, se puede pasar a una espontaneidad desatada como respuesta contrafóbica a toda esta opresión e incertidumbre.

Cuerpo marcadoPor otro lado, el ocultamiento constante hace que la persona interiorice la opresión provocando el autorrechazo y una baja autoestima, conductas evitativas y aislamiento social por miedo a ser excluido.
También es común un estado de hipervigilancia, llegando a veces a la paranoia, que provoca altos niveles de ansiedad con su derivación en trastornos de alimentación, del sueño y psicosomáticos.

Se automatiza el estar alerta como mecanismo de defensa: preparado para ser atacado, al acecho de posibles agresores, atento a que no se escape una pluma que nos delate; esta continua contención puede provocar pérdida de espontaneidad y rigidez extrema.

Ante esta situación es fácil entender que muchas personas homosexuales y transexuales quedan muy heridas en este viaje. Para sanar estas heridas y no taparlas en falso es preciso un proceso de recuperación que lleve a la autoaceptación para poder enfrentarse a los factores externos.

Por otra parte, me parece pertinente destacar la capacidad de resiliencia de nuestro colectivo; como a pesar de vivir en situaciones tan adversas hemos podido mantenernos y hacernos fuertes.
Al ser el sufrimiento que acompaña a las minorías sexuales consecuencia de un entorno social y familiar adverso, considero que es totalmente preciso mantener un espíritu de comunidad que se preocupe de defender los derechos colectivos, que las que se sientan más fuertes apoyen a las más frágiles y los roles vayan moviéndose. Para lo cual también es preciso un trabajo personal de autoconocimiento y la existencia de espacios de reafirmación y empoderamiento, para poder conectar y dar espacio a nuestras necesidades y deseos.

 

CULPA

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Se siente culpa cuando se cree que no está haciendo lo correcto. De alguna manera, la culpa es el recurso utilizado por la sociedad para que sus miembros se autocontrolen y cumplan las normas establecidas; es la gran aliada de los diferentes agentes educativos para que los niños y las niñas hagan lo que deben.

 Cuando una persona homosexual o transexual se va dando cuenta de que su forma de ser no cumple los mandatos sociales básicos establecidos, puede desarrollar culpa de ser.

Un malestar consigo mismo que va más allá de hacer alguna acción incorrecta, sino que toda la persona es incorrecta, ya que el error no está en lo que se hace, sino en lo que se es. Sigue leyendo

HOMOFOBIA INTERNALIZADA

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“No hay marica buena”. Esta frase, que he escuchado en boca de un marica, dice mucho de la propia desvalorización y de la negatividad con que la que, a veces, tratamos  nuestra propia identidad.

 Se puede decir, que el discurso que socialmente se ha trasmitido sobre las personas que no se ajustan a los cánones normalizados en cuanto a sexo, género y orientación hace mella en nosotros. Como una gotita de agua que va cayendo sobre una piedra y que al final hace un agujero, así los pequeños y continuos mensajes cargados de negatividad nos convencen de que realmente tenemos una tara importante. Sigue leyendo

SENSIBILIDAD

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En algunas personas, suele aparecer un rechazo a la parte sensible, de la propia vulnerabilidad. Sobre todo en hombres que se niegan a reconocerse como gais.

Tradicionalmente, la sensibilidad se ha relacionado con debilidad. Todo lo que tiene que ver con el cuidado, la ternura, el afecto se asocia a lo femenino y, de forma inconsciente o consciente, se desvaloriza.

De forma que un hombre que quiere que prevalezca su masculinidad de cara al exterior, tratará de esconder toda esa parte. Procurando dar una imagen de dureza que haga que nadie “sospeche” de su homosexualidad; incluso en el caso de haber asumido la propia homosexualidad hay una infravaloración de esa parte, digamos, femenina, de tal forma que dentro del propio ambiente gai se discrimina a las personas que tienen más pluma. De alguna manera se discrimina al que se aleja más del estereotipo masculino.

Esto conlleva que se esté dando una hipermasculinización del ambiente gai que, obviamente, está escondiendo una parte importante de la realidad homosexual y que consiste en negar una parte importante del propio ser.

En el caso de las personas que se hayan quedado enganchadas a este rol, clavadas en un extremo de la polaridad masculino-femenino, habría que iniciar un proceso que ayude a asumir esta parte.

El trabajo terapeútico consiste en ampliar la gama de posibilidad de actuación, evitando que nos quedemos fijados en ninguno de los dos roles, debemos permitirnos transitar de un lado a otro en función de las circunstancias.

Así, el objetivo es poder conectar con los sentimientos y con la emoción; no negarnos ni esconder lo que sentimos, sino darle el espacio que reclama, escuchar lo que nos dice para poder darle la respuesta adecuada.

Por ejemplo si lo que necesito es cariño y desde la negación de esa realidad me tiro a buscar sexo, pues es como si tengo sed y como, al no ser consciente de lo que realmente necesito no me estoy cubriendo esa necesidad de la forma que más me conviene.

Una técnica que ayuda mucho para tomar contacto con los sentimientos es llevar la atención a las sensaciones físicas del cuerpo. Normalmente las emociones tienen una resonancia corporal que ayuda a tomar conciencia de lo que nos está pasando (coraza muscular y centros de energía).

Si nos ayudamos de la respiración profunda será más fácil saber que está pasando en nuestro interior.

También es importante concretar; muchas veces para evitar la emoción, hablamos y hablamos sobre … y nos perdemos. Si nos referimos directamente a las cosas que nos están sucediendo y que nos afectan el impacto emocional será mucho mayor que si divagamos o utilizamos un lenguaje evitativo.

Un mecanismo muy utilizado para escapar de la tristeza y otras emociones desagradables es el humor y la ironía. Esta actitud, que en su lado positivo sirve para poder afrontar situaciones dolorosas, a veces puede resultar excesivamente frívola, no escuchando nuestro dolor y haciendo, así mismo, que no sea escuchado por los demás. Desvalorizando nuestra herida y haciendo que los otros tampoco la valoren.

CONFIANZA / DESCONFIANZA

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El deseo y la necesidad de tener personas en quien poden confiar es una prioridad en las relaciones sociales; ante la complejidad y, a menudo, hostilidad con que nos encontramos en la vida cotidiana, todos buscamos un refugio, un lugar lo más seguro posible donde poder descansar, un hogar en el cual sentirnos seguros.

En principio, en la cultura de la que formamos parte, ese hogar lo constituye la familia. La familia basada en lazos sanguíneos parece ser el lugar donde las personas buscamos, y a veces encontramos, un lugar seguro y de confianza; lo más parecido a una vuelta al útero materno donde sentirnos en tranquilidad y alejados de cualquier peligro.

Efectivamente, las niñas y los niños que tienen la suerte de crecer en una familia apoyadora, suelen desarrollar niveles de autoestima y seguridad en sí mismos más altos que aquellas que crecen en entornos hostiles.

enemigo2Aquí nos encontramos con que las personas que estamos fuera de la norma por nuestra orientación sexual crecemos en entornos familiares heterosexuales que de forma explícita e implícita son hostiles a la homosexualidad. Resulta pues, que el enemigo lo tenemos en nuestra propia casa.

En el transcurso de la infancia, nos vamos dando cuenta de que a nuestro entorno no le gusta mucho lo que somos (o por lo menos una parte fundamental de lo que somos); con lo cual, ese espacio, que debería aportarnos seguridad, se convierte en un espacio del cual también nos tenemos que cuidar. Esto no facilita que confiemos en el mundo, aunque lo intentamos.

(Quiero dejar claro que no olvidamos que hay más personas que sufren aparte de nosotros y que pueden sentirse reflejadas en lo que aquí se comenta. De hecho nos encantaría que los temas que aquí tratamos pudiesen ser de ayuda para otros. Pero, insistimos, aunque entendemos y compartimos el sufrimiento de todos las personas, aquí nos centramos en el nuestro; en el sufrimiento de las personas que somos víctimas de la estricta división en dos sexos-géneros de la humanidad y que ha sido ignorado históricamente.

 Es obvio también, que las personas homosexuales e intersexuales no estamos todo el día sufriendo ni sufrimos por igual, pero queremos recordar que éste es un espacio terapeútico y como tal centra su mirada en aquellos temas que pueden estar causando dolor a una persona concreta).

Intentamos confiar porque es una necesidad básica; todo el mundo quiere a su lado alguien con quien no tenga que guardar las apariencias, con quien poderse mostrar en su totalidad, con sus virtudes y sus miserias; en fin, alguien en quien apoyarse y descansar.

Cómo ya hemos comentado, no todo el mundo tiene la suerte de la protagonista de la película XXY, dirigida por Lucía Puenzo, de contar con una familia que le apoya en su proceso de crecimiento y búsqueda de identidad. De tal modo, que buscamos ese apoyo en otros espacios donde poder encontrarnos y entendernos (insisto en la importancia de lugares de referencia positiva para la juventud LGTB).

Esta necesidad de crear un nido lo más seguro y amable posible, se suele concretar en la búsqueda de pareja. Se puede decir que en la pareja se proyecta ese el anhelo de encontrar un lugar de reposo, un sitio donde dejarnos caer sin tener que llevar las defensas preparadas.

A la vez que existe un gran deseo de encontrar alguien en quien apoyarse, hay mucho miedo interiorizado como para poder confiar; hay mucho miedo a que cuando me apoye, ese pilar se retire y me caiga.

Este conflicto entre querer confiar y no poder confiar está muy presente en las personas que, como la mayoría de los gais, han sufrido abusos y agresiones en su entorno próximo.

Es preciso tomar conciencia de esta necesidad para no actuar de forma imprudente. El darse cuenta de la dificultad y el deseo de confiar hará que nos enfrentemos a las relaciones con ilusión y mesura; no cerrándonos en ninguno de los extremos, sino transitando de uno a otro pausadamente. No negando nuestra confianza pero tampoco darla toda de golpe.

El no ser consciente de esta necesidad hace que, a veces, nos echemos de forma desesperada en los brazos del primero que nos presta atención. Si resulta que éste no era tan de confianza como se esperaba o imaginábamos, el batacazo que se da el marica confiado es tan grande, que esto hace que la defensa se vuelva aún más rígida y por tanto la desconfianza que se genera es aún mayor.

Por eso, el equilibrio estaría en abrir los brazos hacia el otro, pero sin perder el apoyo en mis propias piernas.

PONER LIMITES

INVIERNO 09-10 (7º) Lisboa 063

En algunas personas la base del conflicto en las relaciones con los demás reside en la dificultad de poner límites, en no saber o no atreverse a defender el propio espacio, en no saber decir no.

El origen de esta dificultad puede residir en el sentimiento de inferioridad, en el temor a ser rechazado o abandonada si pongo algún tipo de traba a lo que se me demanda, en el miedo a ser agredido verbal o físicamente si defiendo mis derechos.

No debemos olvidar que las personas que nos movemos en estadios sexuales no acordes con la norma binaria heterosexual hemos sido y somos potencialmente agredibles.

Poder definir a alguien como marica da al sujeto que emite esa palabra un poder enorme de hacer daño.

Así que, tanto como personas individuales como a nivel grupal hemos interiorizado ese temor a ser agredidos por cualquier patán, que por el mero hecho de tener deseo hacia el otro sexo se siente superior.

El tener interiorizado ese sentimiento de inferioridad nos hace muy vulnerables a cualquier agresión y esto provoca ir por la vida evitando cualquier tipo de conflicto, renunciando a los propios derechos por el miedo a las hipotéticas represalias que se pueden producir.

En esta dificultad de defender el propio espacio es preciso señalar lo que nos cuesta utilizar estrategias agresivas, típicamente masculinas; parece que en el proceso de asunción de la homosexualidad se dejan atrás una serie de recursos defensivos que podrían sernos de gran utilidad.

poner limitesParte del proceso terapéutico de empoderamiento consistiría en investigar en nosotros mismos la posibilidad de usar esos recursos que tienen que ver con el uso de la agresividad; ver si somos capaces de hacerlo (probablemente si), si nos resultan extraños en nosotros, si debido a introyectos relacionados con lo que es un marica nos vemos ridículos, si nos provoca culpa,…

Consistiría en investigar sobre los recursos estereotipadamente masculinos: la agresividad, el grito, sacar pecho, levantar la cabeza, pisar fuerte, empujar, usar tacos, seriedad en el rostro,…

Darnos permiso a pelear por lo nuestro, en lugar de ir siempre pidiendo disculpas por ser como somos, hace que nos sintamos más fuertes y vayamos adquiriendo un mayor autoapoyo.

El ser menos dependientes de la valoración externa nos hace más autónomos a la hora de decidir sobre lo que queremos y lo que no queremos.

Se impone una terapia de resistencia, se acabó pedir comprensión; exigimos nuestro espacio, luchamos activamente por nuestro poder (con periodos de descanso).

MIEDO

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Aparece un miedo básico que tiene que ver con la continua ocultación. Personas que pasan todos los días de su vida temiendo que la gente de su alrededor se den cuenta de lo que es, viven en un continuo estado de tensión por el miedo a ser pillado.

Si tenemos en cuenta que algunas personas homosexuales dedican gran parte de su energía a que no se les note, podemos imaginar el terror que supone el ser calificado como tal.

Este autocontrol (que suele tener su origen en edades tempranas) se va consolidando según la persona va dándose cuenta del rechazo que supone ser gay se va convirtiendo, poco a poco, en una forma de estar en el mundo; un modo de estar que hace que cualquier situación que suponga una falta de control, un grado de espontaneidad, asuste.

El miedo se va pegando a la piel y la angustia se convierte en una sensación habitual.

Esta angustia va unida a la necesidad del control, es la emoción que acompaña a la falta de espontaneidad.

Cualquier grado de naturalidad lleva unida la posibilidad de que los otros se den cuenta y para evitar esto la rigidez invade el cuerpo.

Esta rigidez tiene un carácter emocional que se refleja también en el cuerpo y viceversa; el control de las emociones se acompaña de tensión corporal y esta tensión impide el flujo de lo que la persona siente.

Con el tiempo este miedo se va generalizando a todas las situaciones de la vida y se convierte en una forma de estar en el mundo, todo asusta.