DEPRESION

La tristeza es un componente habitual del repertorio de emociones del ser humano. Sin embargo, puede dejar de ser esta experiencia emocional conocida por todos y pasar a convertirse en una situación muy grave de desamparo y desapego a la vida.

La depresión puede transcurrir en diferente grado de intensidad; desde un estado de ánimo bajo puntual, un carácter melancólico persistente, a una depresión totalmente incapacitante.

Puede estar determinada por variedad de circunstancias vitales: situaciones traumáticas de la infancia, situaciones de pérdidas o estrés, golpes que afectan a nuestra seguridad y autoestima y/o episodios que nos conectan con la tristeza e impotencia. También está condicionada por diferentes factores psicológicos, genéticos y bioquímicos que hacen que unas personas sean más vulnerables y sensibles que otras a los avatares de la vida.

Es importante aclarar que, sea la causa que fuere, para cada uno de nosotros las manifestaciones son diferentes y el significado que adquiere es netamente individual.

La sintomatología que aparece en la persona que sufre un estado depresivo es diversa, pueden aparecer problemas a nivel físico, psicológico y social. Es habitual encontrar los síntomas que se indican a continuación cursando en diferente grado de intensidad:

Visión pesimista del futuro. Pérdida de interés y desesperanza. Fatiga y pérdida de energía. Baja autoestima. Irritabilidad y mal genio. Tristeza, miedo y culpa. Ansiedad. Ideas frecuentes de fracaso. Ideas hipocondríacas. Dificultad para concentrarse y tomar decisiones. Tendencia a los recuerdos negativos y dificultad para evocar los recuerdos positivos. Alteración de la memoria reciente. Tensión muscular. Desinterés por las relaciones sociales. Pérdida del interés sexual. Pérdida o aumento del apetito. Alteraciones del sueño. Dificultad al respirar. Pensamientos o ideas repetitivas de muerte o suicidio.


TRATAMIENTO DE LA DEPRESIÓN

Lo primero que necesita la persona que está pasando por una depresión es apoyo, escucha activa y contacto empático para ayudarle a reducir la ansiedad. Muchas veces la persona que está atendiendo y cuidando a alguien deprimido se siente frustrada al ver que la persona no recoge sus consejos para salir de la depresión; cuesta aceptar que en ese momento la persona no tiene fuerza para nada y que cualquier pequeña actividad, incluso aquellas que suelen ser gratificantes, le resulta un gran esfuerzo.

La persona siente tristeza y dolor y se da cuenta de ello pero no puede con “la vida”, en ese momento no ve salida a su situación y pierde la fuerza y energía. Se siente impotente.

Chocar con la impotencia supone constatar que los recursos que se utilizan habitualmente para enfrentarse a situaciones de crisis no resultan útiles, darse cuenta que hay cosas que no se puede cambiar. Debe contactar con sus posibilidades reales y límites y poder aceptar la frustración.

La teoría cognitiva de la depresión de Beck plantea que la historia previa de experiencias negativas crea esquemas cognitivos que pueden estar inactivos temporalmente pero que, ante una nueva experiencia, puede entrar en funcionamiento e influir sobre los pensamientos. Siguiendo este planteamiento la intervención iría enfocada a revisar y modificar esa forma errónea de procesar la información. Pudiendo actuar sobre recursos internos como la autoestima, las creencias, compromisos, habilidades sociales,… y externos como el sistema de creencias y valores y el apoyo social y familiar.

La persona tiene que empezar a darse cuenta de cómo hace o no hace en su vida y a dónde le lleva esa forma de actuar. A veces se da una distorsión entre la realidad y lo que se desea que sea real, de manera que cuando no se cumplen sus expectativas se siente decepcionada y se bloquea. Hay que estar muy atentos a las distorsiones cognitivas: desvalorización, autorreproches, culpabilización y su forma de interpretar la información del entorno.

A nivel emocional, en la persona deprimida, además de la tristeza, suele existir un gran sentimiento de culpa por no poder salir de su situación; habitualmente bajo esta culpa hay resentimiento y agresividad no reconocida, reprimida.

Esta agresividad se puede deber a la frustración que provoca un deseo no realizable o a la vivencia de sufrir críticas o reproches. Lo que hace es autoagredirse (retroflexión) quedándose en la depresión en vez de reconocer su enfado y exteriorizarlo. La persona se autoagrede para atenuar la culpa que podría producirle el actuar. Por ello, el paciente deprimido tiene que acabar viendo, reconociendo y expresando su agresividad. El enfado provoca una energetización que ayuda a pasar a la acción. De alguna forma, cuando la solución supone tomar medidas que pueden ser conflictivas, se “elige” la paralización frente a la lucha.

Me gustaría hacer un alto aquí para revisar la adolescencia. El adolescente LGTBI+ se puede encontrar con una gran sensación de soledad y desesperanza, puede no ver salidas a su situación si no encuentra apoyos o afectos. De hecho no podemos olvidar el alto número de suicidios en estas edades en nuestra comunidad.
Por eso, como colectivo, debemos ofrecer anclajes para que las personas que se sienten solas y desesperadas encuentren razones para vivir y tirar hacia delante en esos momentos de dificultad.
Me parece que el activismo y la lucha sirven para dar salida y canalizar de forma positiva toda esa energía atascada.

Para A. Lowen, además de adaptarse a los aspectos negativos de la propia vida, es preciso ampliar el significado de la vida aumentando el placer de vivir, atendiendo los afectos y el amor.

Si tomamos como referencia la polaridad Querer – Deber, veremos que ésta recoge de manera clara el conflicto que se observa en el desarrollo de la depresión.
El querer, que supone conectar con lo que necesito y quiero, con lo que me da placer, es lo que lleva y da sentido a la vida; frente al deber, que nos indica cómo tenemos que hacer las cosas, nos da orden y estructura, hace posible vivir de forma organizada y la convivencia.
Para evitar la depresión es preciso conectar con el placer, con la parte más infantil y disfrutona, con lo que nos agarra a la vida.

Como la depresión está marcada por una pérdida de energía y vitalidad, se hace necesario un trabajo corporal que implique toma de conciencia de las sensaciones y emociones, el movimiento, ejercicios de enraizamiento y respiratorios.

La lectura que se hace desde la bioenergética es que para evitar el temido desbordamiento emocional se provoca una continua e inconsciente tensión muscular que produce una reducción de la vitalidad y movilidad del cuerpo (desenergetización).

La estrategia consiste en profundizar en la respiración y realizar ejercicios para poder desestructurar las corazas, permitiendo liberar y descargar la energía. Por lo tanto, resulta necesario ir al encuentro del cuerpo y ubicar los diferentes niveles de tensión para transformarlos, para dar la posibilidad de sentir y liberar la capacidad de placer para que la persona pueda recuperar su completa vitalidad y bienestar emocional.

La finalidad del trabajo psicológico es conseguir que el paciente comprenda su condición, su significado y su origen; que pueda abrirse a cada uno de sus sentimientos más profundos, para lo cual es precioso ir superando el miedo, la vergüenza y la culpa.

La utilización de psicofármacos (antidepresivos y ansiolíticos) es necesaria cuando la persona está en una fase aguda de la depresión; en este momento un abordaje únicamente psicológico no suele ser efectivo. La medicación, al reducir y aliviar la angustia, permite rescatar las capacidad de elaboración del paciente y así comenzar la psicoterapia.

Del mismo modo que apoyo la utilización de psicofármacos en estados de severos de depresión, también me parece que se tiende a recurrir a ellos demasiado rápido. Creo, que al igual que el resto de drogas ayudan a transitar momentos complicados pero no sirven para desarrollar estrategias de afrontamiento más efectivas a largo plazo y con menos efectos secundarios.

La terapia familiar sistémica está especialmente indicada cuando la depresión parece estar promovida y mantenida por patrones de interacción marital y familiar; es importante resaltar que la persona forma parte de un sistema que puede inducir a la depresión y reforzarla.

EMOCIONES

Para conocer hacia donde queremos ir debemos escuchar a nuestra emoción, para saber cómo hacerlo haremos caso a la razón.
El ser humano civilizado con el ansia de enfatizar su parte racional y mostrar una clara distancia con formas de vida humana más viscerales y con el resto de especies animales, ha pretendido desatender a la parte emocional y visceral.
Resulta que esa parte más emocional y visceral a la cual se pretende ningunear es la que suele marcar el devenir de la historia, muchas veces desgraciadamente.

Con esto quiero decir que estas fuerzas de la naturaleza están marcando en gran medida nuestra forma de actuar y que es preciso que las escuchamos y conozcamos, que recojamos la información que nos están dando sobre nuestros más íntimos deseos para luego, ya, pasando por la razón decidamos que hacer con ellos.

Cualquier emoción que no podemos expresar no va a desaparecer, se expresará por algún síntoma. Una emoción no expresada nos la tragamos, no desaparecen. Son mensajeras de algo.
Entonces, el tomar conciencia de lo que necesitamos o deseamos, que no es lo mismo, no implica necesariamente que hagamos caso a ese deseo. Significa que sabemos lo que queremos, no nos autoengañamos y en función de las circunstancias y en un ejercicio de responsabilidad tomamos una decisión de forma coherente con nosotros mismos.

Buscamos coherencia entre lo que sentimos, pensamos y hacemos.
Incluso me atrevería a decir que está coherencia nos proporciona serenidad y por tanto cierta cota de felicidad.

Consideramos emociones básicas el miedo, la ira, la tristeza, la alegría y la compasión.
Podríamos decir que esas cinco emociones son innatas, no aprendidas, que sentimos todos en todas las edades.
Las emociones secundarias serían combinaciones que aprendemos durante toda la vida y les llamaríamos sentimientos cuando tienen un componente cognitivo, por ejemplo la vergüenza o la culpa, son emoción más pensamiento-juicio.

Otras emociones serían: asco, felicidad, amor, envidia, curiosidad, sorpresa,…

El miedo avisa de que hay un posible peligro real y nos lleva a ponernos a salvo, a protegernos. Es una función importante para nuestra supervivencia. Puede resultar tan problemático negar su existencia como dejarnos paralizar por él.

El enfado tiene la función de defensa. Nos predispone a conectar con nuestra fuerza y nos proporciona energía para pasar a la acción.

La tristeza hace como un pegamento relacional, en el sentido de lo vincular. Si no sintiésemos tristeza al perder estaríamos afectando nuestro vínculo. Como animales relacionales tiene que ver con el soltar lo tóxico. Una energía que nos orienta hacia fuera. Una energía que nos lleva a replegarnos, a vivir el dolor y la tristeza.

La compasión, el afecto, se relaciona con sentir ternura, empatía, tratarnos a nosotras mismas con amabilidad, no tratarnos de forma severa. No tiene que ver con que todo vale ni hacernos víctimas, ni a los demás.

La alegría es una expansión, compartir, nos indica que vamos por el buen camino. Tiene que ver con el entusiasmo. Nos carga la alegría de la vida.